Palabras y hechos

En estos días me acuerdo muchísimo de algo que solía decir mi abuela: “no existen los duros a cuatro pesetas”. Me pasa cuando leo o escucho los discursos que algunos CEOs están ofreciendo últimamente. Es descorazonador ver cuánto hablan de tecnología, de estrategias y de futuro y qué poco de personas, del terreno y del presente (como si se pudiese desvincular lo uno de lo otro). En muchas ocasiones, esos CEOS me recuerdan a los speakers y gurús supuestamente disruptivos que simplemente desafían a su público con historias que luego son imposibles de aplicar en la operativa. Lo que más me preocupa, de todos modos, es ver cómo el storytelling de estos discursos empresariales magistralmente diseñados en un despacho es capaz de estimular de inmediato la amígdala de la audiencia. Provocan una avalancha de titulares, likes y retuits de frases sueltas que el CEO de turno ha pronunciado en su discurso y las convierten en mantras. Pero, practicando el espíritu crítico que aprendí de mi abuela (que además era una gran optimista), ¿qué relación genuina hay entre las palabras de un discurso y los hechos reales?

Ya no estamos en la edad de la inocencia y lo auténtico, sobre todo en lo que a coherencia entre comunicación y acción se refiere, es algo casi exótico. Sucumbimos a la magia del storytelling verbal o visual sin hacernos demasiadas preguntas (a todos nos gusta una buena historia). Sin embargo, si bien es cierto que en un mundo infoxicado como el nuestro es fácil cerrar los ojos y dejarse llevar, esto no nos exime de la responsabilidad que tenemos como individuos pensantes que somos de aplicar el espíritu crítico a aquella información que nos llega antes de decidir si es realmente digna de nuestro aplauso o no, por más gancho que tenga la frase. Jamás antes habíamos tenido tantos elementos a nuestro alcance para obtener información que nos aporte claridad sobre cualquier enunciado que queramos verificar. Quizás ha llegado ya el momento de empezar a contrastar las palabras que alguien emite con las acciones que ese alguien lleva realmente a cabo. O de plantearnos qué significa cuando una empresa cuenta que va a realizar una inversión en un área determinada y omite qué va a suceder con el área donde ya no va a invertir. O de verificar si el mismo discurso que la dirección lanza a sus inversores lo ha explicado antes a sus clientes internos, las personas que forman parte de la organización.

Apoyar una idea es una acción individual y nuestras acciones individuales, aquellas que podemos elegir hacer o no, son determinantes para dar forma a acciones colectivas. Si hace 70.000 años el homo se convirtió en sapiens gracias a ser capaz de gestionar una mayor cantidad de información que le permitió relacionarse con su entorno de un modo distinto, hoy, en pleno siglo XXI, debemos ser capaces de cuestionar la información que nos llega antes de realizar la acción más comprometida para el ser humano: apoyar abiertamente a algo o a alguien, aunque sea en forma de un (en apariencia) simple like.

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