Now that we found love …

En estas vacaciones de invierno me he reencontrado con uno de mis mejores amigos, que lleva tiempo viviendo fuera. El pasado noviembre, tras 20 años de servicio en la misma empresa, decidió cambiar de trabajo y presentó su baja voluntaria. En enero inicia una nueva vida laboral en una firma icónica en su sector. Durante su larga carrera en la anterior empresa ha estado ocupando distintas posiciones en diferentes países y hacía  un par de años que vivía su momento más dulce profesionalmente hablando, basado en una de las ciudades de sus sueños y sintiéndose escuchado y valorado por el equipo directivo al cual reportaba en ese momento. “¿Y cómo es que has decidido dejar la empresa justo ahora que estabas tan bien?”, le pregunté. “Pues precisamente por eso”, me contestó. “Sentirme apreciado y reconocido por primera vez por mis managers me permitió confiar de nuevo en mí mismo. Así,  pude recuperar la autoestima necesaria para superar con éxito un proceso de selección para una posición muy interesante en otra empresa cuyo propósito está más alineado con mis valores actuales”. Bravo.

En nuestra vida profesional podemos llegar a tener la suerte de reportar a determinadas personas que nos inspiran y aportan una impronta tan positiva al entorno, que sacan lo mejor de nosotros mismos e incluso nos pueden hacer vivir momentos de flow laboral tan agradables como adictivos. Sin embargo, es imprescindible mantener una clara perspectiva de hasta dónde llega la magia que un/a buen/a manager puede hacer (con toda su buena intención, claro) y cuán inhóspito es el terreno en esa organización fuera del entorno seguro que esa persona es capaz de crear. Porque, más allá de que la gente huya de un mal jefe o una mala jefa, existen también buenos jefes o jefas que trabajan en compañías cuyo propósito y/o cultura no están a su altura. Las empresas son estaciones, no casas. Las personas vienen y van y los equipos directivos no son excepción. Un/a mal/a jefe/a no dura para siempre, pero un/a bueno/a tampoco. El día que este/a buen/a jefe/a se va, uno queda expuesto a la empresa en toda su dimensión. Y, si la cultura no está compartida, eso representa un abismo infranqueable.
Seguramente el máximo reconocimiento que podemos hacerle a un/a jefe/a inspirador/a sea éste: el que nos dé aliento para desarrollarnos y encontrar nuestra mejor versión, aunque ésta sea fuera de la que ha sido hasta ese momento nuestra empresa.

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