Llegar

Corría el año 98, yo trabajaba en Mango y me acababan de promocionar a la posición de International Trainer. A mis 24 años, nada me hacía más ilusión que coger mis maletas (esto no ha cambiado 20 años después) y viajar cada semana por Europa y Asia para formar a los equipos de tienda en uno de los momentos de mayor efervescencia de aperturas. Nahman Andic, en esa época Director General de la marca, me dió uno de los mejores consejos profesionales que he recibido: “Emma, cuando des un curso, no tienes que obsesionarte con decir todo lo que debes decir en cada diapositiva. Lo importante es llegar a la gente”. Qué poco se imagina Nahman la de veces que recuerdo esta anécdota y lo a menudo que yo misma he dado este consejo.

Si bien actualmente impartir o dinamizar grupos es sólo un 20% de mi actividad, me sigo lanzando con el mismo ímpetu que a los 24. “Dosifica tu energía”, me decían al empezar personas más expertas que yo. Nunca les hice caso. Hoy, la idea de “llegar” sigue allí, en mi subconsciente, y entregarme sin reservas a quien asiste a una sesión me parece lo mínimo que puedo hacer por alguien que está dispuesto a dejar el resto de sus cosas en standby para pasar unas horas escuchándome. Me interesan realmente las personas que asisten a una sesión mía. Cómo se llaman, qué hacen, qué han venido a buscar … Porque sólo conociéndolas podré adaptar mi discurso a ellas (no he hecho nunca dos cursos o conferencias iguales, aunque se llamen igual. Me aburre solemnemente repetir contenidos como un autómata. Además, ya existe youtube para eso) y conseguir el ansiado “llegar”.

Es cierto que hay grupos mágicos. Se trata de sesiones en las que, por alineación de los astros (o por alguien sabio que combina muy bien los asistentes) confluyen en la audiencia perfiles, carismas, talentos únicos. El flow que se genera en la sesión es increíble (e incluso hasta adictivo para un dinamizador). Cuando llega el momento del cierre, los participantes se han convertido prácticamente en alguien de tu familia y casi te vas a cenar con ellos (bueno, en ocasiones VAS a cenar con ellos). Y hay grupos en los que, justo lo contrario, notas que quien viene a verte no lo hace de motu propio o percibes una energía muy baja en la sala. Ahí sólo me falta sacar un trapecio, porque hago todos los malabarismos habidos y por haber (de contenido, dialécticos, oratorios o todo lo que me permita el lenguaje no verbal) para darle un shake al público y romper esa nebulosa para poder, finalmente, llegar (no negaré que los momentos de oradora-acróbata tienen también su encanto).

Y esta es la gran lección que aprendemos todos los que, de un modo u otro, nos ponemos frente a un público a contar nuestro relato (ya sea un curso, una conferencia, una mesa redonda o un panel). Llegar no es una cuestión de hacer siempre los mismos chistes, o de provocar gratuitamente a una audiencia (una cosa es disrupción y otra mala educación), de repetir contenidos como si te hubieses aprendido una lección. Para llegar uno necesita darse cuenta de que la estrella de la sala no es la persona que habla, sino la que ha venido a verte. Llegar es una cura de humildad.