La simplicidad es la máxima sofisticación

A estas alturas, supongo que todos hemos tenido o tenemos una relación sentimental (puede ser romántica o simplemente de amistad). Seremos más o menos buenos en la materia, pero todos sabemos las bases para construir y mantener (o no) una relación. Imaginad sentaros una vez al año con vuestra pareja, formulario en mano, y tener una conversación tipo: “Uy, este año tu orientación al logro como pareja ha bajado del 4 al 3 respecto al año pasado” o “¡Felicidades! Este año has compartido tareas un 4,7% más que el año pasado, es decir, un 1% más de lo que habíamos planeado. ¡Has conseguido el regalo que me habías pedido!”. Y, finalizada la conversación, rellenáis el formulario, escribís los objetivos del año que viene, lo firmáis y pasados 365 días recuperáis el documento y repetís la escena. Si visto así, suena como algo absurdo, ¿por qué insistimos en mantener este ritual en nuestras relaciones laborales?

Somos seres humanos tanto en nuestra faceta privada como en la profesional. Construimos nuestras relaciones del mismo modo en ambos ámbitos: a través de gestos cotidianos, compartiendo vivencias, uniéndonos en la adversidad y resolviendo diferencias. Así pues, crear relaciones es algo natural y humano, que hacemos instintivamente gracias a la programación ancestral de nuestro ADN. ¿A partir de qué momento pensamos que la construcción de una relación sería mejor con un formulario sesgado y unas métricas (subjetivas y sesgadas también en su mayoría) de por medio?

Crear una relación que permite desarrollar el talento de un equipo no tiene nada que ver con un formulario ni con un proceso. Tiene que ver con establecer un vínculo de confianza y acompañamiento de la manera más humana y natural posible. Del mismo modo que no puntuamos el amor o la amistad del 0 al 5 no podemos hacer lo mismo con el talento o con la manera como éste se manifiesta en las personas.
Seamos sinceros y admitámoslo. No hay en esencia nada de cartesiano en la construcción de una relación. De modo que todo intento de introducir parámetros que rijan racionalmente esta relación tendrá un resultado poco natural y difícil de abrazar por parte del usuario final. Pensemos por ejemplo en los famosos formularios de evaluación y sus mediciones. No existe herramienta más difícil de implementar ni que desgaste más a HR. Pero, por más buena intención que exista en el momento de desarrollarlo, este producto está en las antípodas de su objetivo, ya que el gap con su usuario final (las personas que gestionan equipos) es insalvable. Está escrito en un lenguaje que el receptor no hace suyo (por más cursos que reciba), acostumbra a ser en un soporte que obliga al usuario final a dejar de lado su operativa diaria y, por si esto fuera poco, le obligamos a medir algo inmedible numéricamente (y ya no menciono cuando encima la evaluación va vinculada a objetivos y retribución). No se trata de “darle una vuelta” a la herramienta. Se trata de tener el valor de prescindir de algo que nunca ha conectado con su cliente.

La cuestión es: ¿por qué nos obcecamos en complejizar y transaccionalizar algo que es instintivo y humano? ¿por qué no dar una hoja en blanco y un lápiz (o lo propio en versión digital) y que el/la manager construya y dirija a su manera y del modo más humano posible su propia relación con el talento de su equipo? Seguramente haríamos del desarrollo algo mucho más sexy y no tendríamos que gastar tiempo, dinero y energía empujando herramientas que no convencen a nadie. Como decía el gran Leonardo da Vinci hace siglos: la simplicidad es la máxima sofisticación.

No Comments

Post a Comment

Únete a la
COMUNIDAD SHAKER
¡Estaré encantada de mantenerte al día!
APÚNTATE
close-link