La ley del mínimo esfuerzo

Hace unas semanas estaba haciendo tiempo en una cafetería antes de impartir una sesión. Era media mañana de un día cualquiera y estaba todo muy tranquilo. Dos chicos amabilísimos y muy dinámicos atendían en el mostrador a los clientes que, en su mayoría, hacían su pedido para llevar. En el interior había solo tres mesas ocupadas (la mía una de ellas). Uno de los chicos que atendían, aprovechando un momento en el que no había clientes en el mostrador, entró en la sala rápidamente a recoger bandejas y a desinfectar las mesas que habían estado ocupadas. “Pero bueno, bueno, ¿dónde vas tan rápido? ¡Que pareces un ventilador!” le lanzó al chico con tono jocoso un señor que estaba sentado un par de mesas a mi derecha. Esta frase me hizo desviar la mirada de mi ordenador y fijarme en la escena. El chico sonrió al señor a través de su mascarilla mientras continuaba eficientemente con su trabajo. El señor, insistente, continuó con sorna: “¿Para qué tanta velocidad? Nadie te lo va a agradecer. Tú ve a tu ritmo, que te van a pagar igual tanto si lo haces lento como si lo haces rápido”. El chico, de nuevo, hizo un gesto amable por puro compromiso y se fue hacia la cocina con las bandejas mientras el señor, encantado consigo mismo y su consejo y creyéndose dueño de la verdad absoluta, siguió con su sandwich y su cerveza sin alcohol. Yo volví a mi pantalla pensando que ya era hora de dejar de reírle las gracias a las personas que defienden la ley del mínimo esfuerzo.

“Te van a pagar igual” es una frase tremenda (pronunciada normalmente por alguien que se cree más listo/a que tú). Pretende quitarte todo el poder que tienes de decidir cómo realizas tu trabajo y supedita el hecho de trabajar “bien” solo a cuando te ve “quien te paga”. Dicho de otro modo, y viéndolo desde una perspectiva de análisis transaccional, reduce a la persona que trabaja al papel de niño y a quien paga le otorga el papel de adulto. Esta mentalidad no hace más que perpetuar el modelo de organización jerárquica, donde se necesita una persona que “vigila” al resto y donde se asume que, sin esa persona, el resto no “rendiría” lo necesario. La escritora Toni Morrison compartía en este artículo de The New Yorker una reflexión personal: No somos el trabajo que hacemos, sino las personas que somos. Así pues, se trata de hacer bien el trabajo por nosotros mismos, no por la persona que nos paga. La verdad es que esta afirmación me resulta el empoderamiento máximo en lo que a cultura del trabajo se refiere. La apología de la mediocridad que representa el “te van a pagar igual” implica que, para que las cosas salgan, unos van a tener que trabajar el doble para suplir lo que no hacen los que solo trabajarán “bien” cuando “los vean”. Si profundizamos en los comportamientos, veremos que las personas que contribuyen dando lo mejor de sí mismas lo harán desde cualquier rol, tipo de trabajo o área de expertise, y aquello que surja de su trabajo será auténtico y con propósito. No solo en un entorno organizacional, sino también en lo social. Al fin y al cabo, somos las mismas personas en ambas facetas de nuestra vida.

Lo cierto es que hace ya más de un siglo de la primera revolución industrial y de sus enfoques. A estas alturas de la historia, no necesitamos un gran hermano a lo George Orwell que nos esté mirando para contribuir. Así que enterremos el “te van a pagar igual” y celebremos el trabajo bien hecho.

1 Comment
  • Manuel del Barrio Donaire

    2 marzo, 2021 at 6:32 am Responder

    ?????

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