A mi hija de 4 años le encanta visitar el antiguo Museo de la Ciencia (actual CosmoCaixa, pero yo sigo utilizando la nomenclatura de mi infancia en plan nostálgico). Su experimento favorito es un gran cubo de cristal con una base de arena que reproduce el comportamiento del fondo marino ante determinados movimientos sísmicos. Este experimento se llama “Incertidumbre”. En el panel explicativo que está junto al experimento, se detalla que, antaño, el ser humano se hallaba expuesto a un alto porcentaje de incertidumbre causado, sobre todo, por factores externos (fenómenos medioambientales, enfermedades, etc.). Actualmente, la incertidumbre en la que vivimos está principalmente causada por el propio ser humano. Cuando lo leí por primera vez, me corrió un escalofrío por la espalda.
Pensando en clave organizacional, la incertidumbre (“uncertainty” en inglés) es uno de cuatro motores del famoso entorno VUCA en el que vivimos (junto con volatility, complexity y ambiguity). Y, como gran fan del VUCA que soy, mi primera percepción del concepto “incertidumbre” es siempre como algo positivo. En mi visión optimista, puedo definirla como un estado de expectación o emoción ante algo nuevo. Está vinculado a uno de mis mantras favoritos: lo mejor está por llegar. Es algo parecido a la sensación de abrir un regalo o empezar un viaje. La promesa que hay detrás de algo distinto.
Pero también debo admitir, muy a mi pesar, que existe otra lectura de “incertidumbre” que no es precisamente la acepción que contempla el concepto VUCA: Es el desasosiego que queda cuando ves que en una organización despiden a un gran talento que ofrecía grandes resultados porque es molesto para un ego. Es la incógnita que genera ver una marca con un gran producto pero que es incapaz de escuchar y conectar con su cliente y conseguir ventas. Es la estupefacción que provoca el hecho de que un comité de dirección “compre” un programa de transformación sin haberse dado cuenta de que la operativa se transformó sola hace tres años (pero esa operativa queda muy lejos de los despachos). Es la preocupación de constatar que, en muchos entornos, la gente está más concentrada en pensar a quién pone en CC en sus mails y en qué orden lo pone para no ofender a nadie por status que en hacer que las cosas pasen.
Efectivamente, esto también es incertidumbre, pero no tiene nada de positivo ni de VUCA. Es la incertidumbre que se genera cuando se realizan acciones inexplicables que no tienen ningún impacto positivo en ningún sentido. Que hace que el espectador se sienta frágil y vulnerable. Y cuyo principal causante, más que el ser humano, es el EGO.
Si echamos un vistazo a la historia (da igual el grado de antigüedad), veremos que los egos están detrás de los grandes fracasos, ya no sólo empresariales sino también sociales. Y, justo al contrario, detrás de los mayores éxitos o logros ha habido siempre un claro propósito colectivo compartido. De modo que quizá ahí está la clave para pasar de la incertidumbre como desasosiego a la incertidumbre como emoción por lo nuevo: La evolución de colectivos gestionados por egos individualistas a comunidades empoderadas conscientes de la transcendencia de su contribución. Y, siendo fiel a mi optimismo y fe en las personas, sé que estamos dando este paso. Porque, en el fondo, a todo ser humano le gusta más la percepción positiva de “incertidumbre” que la negativa.