Es Humanización

Eran las 12 de la noche en Shanghai y yo estaba sentada en mi habitación del hotel con el teléfono en la oreja, en una conferencia a tres: a un lado estaba la persona de mi equipo basada en USA hablando desde NYC, donde eran las 12 del mediodía. Al otro lado estaba nuestro especialista en compensación desde la central de Barcelona, donde eran las 5 de la tarde. Hablábamos de los salarios de nuestros equipos de ventas de Paris. En momentos así, te das cuenta de que, hoy en día, el mundo no es tan grande como hace veinte años. O, mejor dicho, que las distancias físicas cada vez son más salvables. Seguramente muchos de los que leáis este post (y estéis en zona CET) habéis hecho esta mañana una videoconferencia con vuestros proveedores en Delhi o estáis esperando a que sean las 16h30 para llamar a vuestras oficinas de México, ¿verdad?

El escenario internacional ha formado parte de mi vida desde que empecé a trabajar y he tenido el privilegio de vivir en primera persona el fenómeno que se ha llamado “Internacionalización”. En las últimas dos décadas (algunos sectores más que otros), las empresas se han lanzado a la conquista de mercados exteriores. La selección de estudios, teorías y conferencias que hablan sobre internacionalización es enorme y, ciertamente, hay muchos especialistas del tema.

Sin embargo, debo confesar que, cuando trabajas con un equipo de 20 nacionalidades distintas y tu día a día consiste en crear e implementar proyectos de recursos humanos en 50 países de los cinco continentes, no piensas en el concepto “Internacionalización”, ni piensas que estás contribuyendo para que exista este estudiado fenómeno. Porque, en realidad, la internacionalización no es un fenómeno. Es pura interacción humana.

Siempre me ha resultado muy curioso observar que, cuando las personas estamos en modo “business”, en muchas ocasiones nos empeñamos en adaptarnos a un código supuestamente profesional que, en lugar de acercar a la gente, la aleja. Si lo pensamos bien, cuando estamos en modo “vacaciones” o “after work”, nos resulta mucho más fácil conectar con personas que pertenecen a otras realidades. Y el motivo es porque el conector que utilizamos en este otro tipo de registro son unos determinados valores que, normalmente, ignoramos en el ámbito profesional. Son valores genuinamente humanos, universalmente compartidos por cualquier nacionalidad o edad y que van más allá de toda cultura o religión. A lo largo de estos años, he hecho de estos valores mi principal herramienta de trabajo. Me han permitido crear sólidas relaciones que han desembocado en grandes resultados e indicadores en verde.

Mi humilde experiencia me ha demostrado que el core value más poderoso, resonante y compartido por todo ser humano es la aceptación y el gusto por lo positivo. A todo el mundo le gusta trabajar con alguien que sonríe, con alguien que tiene expectativas positivas respecto al otro. Reir y disfrutar son dos de los aspectos más humanos que existen. Positivismo no significa vivir alejado de la realidad. Todos somos conscientes que nos encontraremos situaciones complicadas y obstáculos en la ejecución de cualquier proyecto, pero a todos nos gusta que la persona que tienes a tu lado, aun consciente de la relativa gravedad que tenga el asunto, te diga “lo vamos a arreglar, ya verás”. Y que, con ese espíritu positivo, juntos se encuentre la solución. Es precisamente ese positivismo, ese valor tan humano, lo que suma, une y aporta resultados (recordemos que el signo ” +” simboliza, además de lo positivo, la suma).

Todos encontraremos lógico este razonamiento pero, por desgracia, en determinadas mentalidades empresariales, el espíritu positivo es todavía algo disruptivo. Una persona que sonríe no es “profesional”. Y, en nombre de esta “profesionalidad”, dejamos a un lado nuestro aspecto humano y nos lanzamos a ver a qué teoría nos podemos acoger para triunfar mañana en la reunión con esos clientes rusos. Y, paradójicamente, tras un día de reuniones tensas (como establece el guión “profesional”), estas mismas personas se llevan a cenar a los clientes rusos para, en un ambiente relajado, cerrar la operación. Y mi pregunta es, ¿por qué no creamos este ambiente más favorable al entendimiento humano ya desde el principio, cuando estamos en un escenario “profesional”?

Así pues, desencorsetemos nuestro “yo profesional” y abracemos los core values como nuevo business code. ¡Apliquemos la Humanización a nuestras operaciones globales! Los KPIs de vuestras empresas lo agradecerán. Y los presupuestos para cenas también

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