De la inercia a la deriva

Hay empresas exitosas que, de golpe, dejan de serlo. Un día, repentinamente, la prensa ya no habla de ellas con el entusiasmo de antaño. Sus resultados, si bien no son malos, no tienen el brillo que tuvieron. Aunque su reputación sigue siendo buena para el mainstream, su código ya no tiene el tono fresco y game changer que tuvo. Las personas que trabajan en ellas siguen pensando que es de las mejores, pero se pasan el día quejándose. Los de mi generación se mataban por trabajar en estas empresas y ahora son un entorno jerárquico más que no atrae a un talento diferenciador … ¿Qué está pasando?

La historia de estas empresas es la misma que la de tantas organizaciones de gran tamaño que empezaron siendo pequeñas, con un propósito y un núcleo duro de personas que, en su momento, creyeron en la idea a partir de la cual nació la empresa. Con todas las ganas del mundo de hacer que las cosas pasasen, las personas arroparon la idea. Haciendo todos de todo, sin pensar en organigramas, la empresa empezó a tener sus resultados. Nuevas personas con la misma ilusión se fueron sumando al proyecto. Y así, la empresa, o, más bien dicho, las personas que la formaban, fueron marcando hitos y escribiendo nuevas reglas en su mercado. Pasaron los años y un día, sin saber cómo, la empresa amaneció que no se podía mover. Estaba más centrada en procesos, niveles y KPIs enfocados a inversores que en las personas que la habían hecho crecer. No se sabe cómo ni por qué, las personas se habían convertido en mera commodity. Y el no-talento empezó a afincarse en la empresa. La organización es muy grande, enorme. Al principio, la inercia lo tapa todo. Pero, en un entorno VUCA, donde todo es exponencial (incluso la velocidad en la que pasan las cosas), la inercia evoluciona a deriva antes de lo previsto. Nada podrá detener lo inexorable: por más que se juegue con la P&L y más palancas de ahorro se quieran activar, la empresa exitosa se está convirtiendo en un empresa más. Empieza la cuenta atrás, quizás no hacia su desaparición, pero si hacia su expulsión del Olimpo de las megamarcas, con todas las pérdidas que eso representa.

Y así pasamos de una empresa brillante a una empresa más. Apostar por el no-talento y creer que las cosas continuarán pasando sin el genio de las personas adecuadas es de una arrogancia empresarial extrema. Porque ni el accionista más avispado ni el proceso más ambicioso implementado por una prestigiosa Big 4 pueden salvar a la empresa que, en su momento, decidió tratar a las personas como commodity.